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Federalismo: ¿poder cercano
o distante? Pasqual Maragall He visto que hay quienes creen que federalismo y proximidad del poder
no son compatibles. Se equivocan. Se equivocan al menos con algunas de
las versiones del federalismo, concretamente con buena parte del federalismo
europeo y, en general, con el federalismo devolucionista o descentralizador,
por referencia al federalismo unificador. Que quede claro que no me interesa el debate por el debate, sino más
bien extraer uno de los resultados posibles: el entendimiento o acuerdo
y que, por tanto, estoy dispuesto a conceder yo también las equivocaciones
que estoy seguro que cometeré en un tema tan resbaladizo como éste.
No soy un teórico, sino un político, interesado en convencer
mas que en hallar la pura verdad, si es que existe. En este caso se trata
de un debate con ideas y personas que provienen de un sector que no quiero
apartar, porque entiendo que está al otro lado de un puente corto,
que no es fácil, pero es transitable (creo) y decisivo para la
buena marcha de las cosas aquí en Cataluña, y de paso en
España. El puente que va del federalismo de la izquierda catalanista
al nacionalismo federalizante de centro-izquierda. Si este puente se hace
bien transitable, el país irá bien y si no, no irá
tan bien, se estancará. El principio de proximidad En cuanto a esto último, proximidad es sólo una forma simple,
algo abusiva, de decir lo mismo que se quiere decir cuando se utiliza
un nombre tan extraño, tan poco próximo: subsidiariedad.
Subsidiariedad es un nombre muy extraño para una idea muy sencilla:
el poder, cuanto más cerca, mejor. No es que siempre pueda o tenga
que estar cerca, sino que en iguales circunstancias (eficacia y equidad)
cuanto más cerca, mejor. No es, por tanto, un principio que se
ocupe solamente de la eficacia -idea ésta que sí que probablemente
es errónea- es un principio que se ocupa de la distancia, de la
participación, de la apropiación de la política por
parte de los ciudadanos como medida de su calidad. En un intercambio reciente -o quizás fue más bien una coincidencia
en el tiempo de dos opiniones- Klaus Kinkel, el ministro alemán
de Asuntos Exteriores, definía la subsidiariedad como la proximidad
posible y Jacques Santer como adecuación: hacer las cosas en el
nivel adecuado. Kinkel la acertaba más. Conozco bien sus opiniones,
que son las del gobierno de la RFA, a través del secretario de
Estado de Asuntos Exteriores Europeos, Hoyer. En primer lugar es innovador porque sitúa arriba la carga de la
prueba de la distancia a la que debe actuar el gobierno. La distancia
se tiene que justificar (tal como expresan los ejemplos italianos y británicos
adjuntados al final de este artículo), no es un valor en sí
mismo. La proximidad no hace falta justificarla porque es un valor en
sí misma, en principio. El miedo a la colisión o al exceso
de intimidad local entre administrador y administrado, más bien
dicho, entre el administrador y algunos de los administrados más
influyentes, ha pasado a ser masivamente sustituida por el miedo al exceso
de intimidad global entre el administrador nacional o supranacional y
el fabricante de armas o narcotraficante de turno. Al administrador local
corrupto ya lo echarán los votantes que lo conocen de cerca. No
hacen falta tantas tutelas a la proximidad como a la distancia. En segundo lugar, el principio de proximidad es radical en el sentido
que es del tipo que Geremek y Dahrendorf (en un famoso intercambio de
hace unos años) llamarían caliente, no frío como
la democracia en general o el mercado, que son sistemas para procesar
la producción de resultados políticos o económicos
respectivamente, sistemas que percibimos como maquinarias frías
por bien que nos jugamos mucho (o así lo hemos creído hasta
ahora) en su buen funcionamiento. El sarampión de la proximidad, que tiene pinta de durar y de dejar
marca, se produce ahora porque la globalización de la economía
y, aunque más lentamente también la de la política,
está desvelando un sentimiento de urgencia para la devolución
de las competencias que la historia se llevó de los poderes próximos:
distancia sí pero "cum grano salis" y, a cambio de más
proximidad para las cosas que no hay necesidad de hacerlas lejos. Por
eso se dice -exageradamente- que los Estados son demasiado pequeños
para según qué y demasiado grandes para todo el resto. La lealtad federal El federalismo aparece entonces, o reaparece, como el mejor sistema para
organizar esta nueva situación que rasga los Estados por arriba
y por abajo. Y la lealtad federal al interés general como el principio
de la coherencia que complementa perfectamente el de proximidad. Federalismo
viene de pacto (foedus). Es el pacto que une los Estados previamente independientes
(los Estados Unidos, quizás algún día la Unión
Europea) por contraposición a la Confederación que se quería
mantener en una relación de interdependencia más blanda,
pero también el pacto que autonomiza las partes previamente diluidas
en un Estado centralista (la RF alemana y el Estado de las autonomías
español). En ambos casos hay coexistencia del momento unitario
y del momento autónomo, momento autónomo que no parece que
se identifique con la existencia de hechos nacionales y diferentes dentro
de la federación (no es así ni en los Estados Unidos ni
en la RFA; sí en cambio en España y, quizás mañana,
como tiempo atrás, en el Reino Unido). En Italia el apelativo federal cayó el 17 de junio de la Comisión
constitucional bicameral, presidida por D'Alema, creo que por presiones
de la derecha, y así en vez de decir: la República Federal
de Italia está compuesta por municipios, provincias, regiones y
el estado (sic), la Constitución dirá: la república
de Italia, etc.... ¡Pero ya me dirán! ¿Dónde
encontraremos una constitución más federal que esta que
pone municipios y Estado en una misma sentencia?. Un federalismo diferencial Entre nosotros, sin ser exactamente lo contrario, poco nos falta. Determinados
socialdemócratas (Helmut Schmid, por ejemplo) son francamente menos
intervencionistas que nuestros nacionalistas de derechas, para quienes
la intervención, la nacionalización y la normalización,
todas ellas palabras que provocan terror a los liberales europeos de buena
ley, no son una cuestión de derecha o izquierda, sinó de
interés general. Y a fe que los socialistas catalanes han respetado
estas razones hasta ahora. Todos somos conscientes que no es lo mismo
el nacionalismo de las naciones olvidadas que el de las dominantes, mientras
dura el olvido y la dominación. Todos somos nacionalistas mientras
esto no se acaba. Pero tenemos que empezar a ser algo más en el
tránsito hacia el fin de la dominación y el olvido. Es lógico
que la subsidiariedad altere algunos nacionalistas de derecha (no a todos)
tanto o más que el federalismo. Pero no tendría que asustar
a los federalistas de izquierda, a excepción de a mi viejo amigo
Umberto Serafini, socialista y federal, europeísta spinelliano,
para quien mis veleidades liberal-libertarias y subsidiarias tienen un
insoportable olor democristiano. No ha entendido, este nuevo y magnífico
Settembrini, que el ideal federal no es una religión, sino una
posibilidad real que se hará con liberales y socialdemócratas
y nacionalistas federalizantes. En Cataluña es más fácil
entenderlo. Estamos a un paso de llegar a ello. El federalismo diferencial,
no uniformista, nos puede llevar a la España tranquilamente plurinacional.
Otras vías de acceso están por inventar. Y el propio federalismo
diferencial está por definir con rigor. Pongámonos a ello.
Pienso que podemos pedir a los nacionalistas que expliciten su perjuicio
a favor, no de la proximidad, sinó de la identidad como factor
de cohesión del individuo social, la ciudad, el país, y
que expliciten como ese caso particular en que la proximidad no sería
física, ni referida a la medida del colectivo (aunque para los
nacionalistas catalanes se pueda pensar que la medida pequeña es
una razón más para basar su pensamiento), sinó afectiva,
cultural, una proximidad de los espíritus, por lejos que estén
los unos de los otros, por tal como participan de un mismo sentimiento
nacional o cultural. Pasqual Maragall Alcalde de Barcelona |