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La ciudad multicultural Jordi Borja y Manuel Castells, Nuestro mundo es étnica y culturalmente diverso y las ciudades
concentran y expresan dicha diversidad. Frente a la homogeneidad afirmada
e impuesta por el Estado a lo largo de la historia, la mayoría
de las sociedades civiles se han constituido históricamente a partir
de una multiplicidad de etnias y culturas que han resistido generalmente
las presiones burocráticas hacia la normalización cultural
y la limpieza étnica. Incluso en sociedades, como la japonesa o
la española, étnicamente muy homogéneas, las diferencias
culturales regionales (o nacionales, en el caso español), marcan
territorialmente tradiciones y formas de vida específicas, que
se reflejan en patrones de comportamiento diversos y, a veces, en tensiones
y conflictos interculturales(1). La gestión de dichas tensiones,
la construcción de la convivencia en el respeto de la diferencia
son algunos de los retos más importantes que han tenido y tienen
todas las sociedades. Y la expresión concentrada de esa diversidad
cultural, de las tensiones consiguientes y de la riqueza de posibilidades
que también encierra la diversidad se da preferentemente en las
ciudades, receptáculo y crisol de culturas, que se combinan en
la construcción de un proyecto ciudadano común. En los últimos años del siglo XX, la globalización de la economía y la aceleración del proceso de urbanización han incrementado la pluralidad étnica y cultural de las ciudades, a través de procesos de migraciones, nacionales a internacionales, que conducen a la interpenetración de poblaciones y formas de vida dispares en el espacio de las principales áreas metropolitanas del mundo. Lo global se localiza, de forma socialmente segmentada y espacialmente segregada, mediante los desplazamientos humanos provocados por la destrucción de viejas formas productivas y la creación de nuevos centros de actividad. La diferenciación territorial de los dos procesos, el de creación y el de destrucción, incrementa el desarrollo desigual entre regiones y entre países, e introduce una diversidad creciente en la estructura social urbana. En este artículo, analizaremos el proceso de formación de la diversidad étnico-cultural en sus nuevas manifestaciones y las consecuencias de dicha diversidad para la gestión de las ciudades. Globalización, migraciones y urbanización La aceleración del proceso de urbanización en el mundo
se debe en buena medida al incremento de las migraciones rural-urbanas,
frecuentemente debidas a la expulsión de mano de obra de la agricultura
por la modernización de la misma, siendo asimismo consecuencia
de los procesos de industrialización y de crecimiento de la economía
informal en las áreas metropolitanas de los países en desarrollo(2).
Aunque las estadísticas varían según los países,
los cálculos de Findley para una serie de países en vías
de desarrollo indican que, en promedio, mientras en 1960-70, la contribución
de la emigración rural-urbana al crecimiento urbano fue de 36,6%,
en 1975-90, se incrementó al 40% de la nueva población urbana.
La contribución al crecimiento metropolitano, en ambos casos, fue
aún mayor(3). En casi todos los países, la incorporación
a las ciudades de emigrantes de zonas rurales acentúa notablemente
la diversidad cultural y, en los países étnicamente diversos,
como Estados Unidos o Brasil, la diversidad étnica. La globalización también ha suscitado importantes desplazamientos
de población entre países, aunque las migraciones internacionales
presentan un patrón complejo que no sigue las visiones estereotipadas
de la opinión publica. Así, casi la mitad de los 80 millones
de internacionales de todo el mundo están concentrados en África
subsahariana y Oriente Medio(4). Unos 35 millones de migrantes se encuentran
en el África subsahariana, representando un 8% de su población
total. Dichos movimientos migratorios en África son de dos tipos:
por un lado, migraciones de trabajadores, encaminados a los países
de mayor dinamismo económico, en particular a Sudáfrica,
Costa de Marfil, Gambia y Nigeria. Por otro lado, amplios desplazamientos
de refugiados del hambre, la guerra y el genocidio, en el Sahel, en el
cuerno de África, en Mozambique, en Ruanda y Burundi, entre otras
zonas: tan sólo en 1987 se estimaban en 12,6 millones de personas
el numero de desplazados por guerras o catástrofes en África(5).
En Asia, Malasia es el país de mayor inmigración, con casi
un millón de trabajadores extranjeros, en general procedentes de
Indonesia. Japón cuenta también con cerca de un millón
de extranjeros recensados y varios miles de trabajadores ilegales cuyo
número se está incrementando rápidamente, si bien
la mayoría de los extranjeros son coreanos que viven en Japón
desde hace varias generaciones. Singapur cuenta con unos 300.000 inmigrantes,
lo que representa una alta proporción de su población, y
Hong Kong, Corea y Taiwan, con contingentes inferiores a los 100.000 cada
uno. Sin embargo, en la medida en que se acentúe el desarrollo
de estos países y aumente la presión demográfica
en China, India e Indonesia, es de esperar un aumento de las migraciones
internacionales, además del incremento de migraciones rurales-urbanas
en toda Asia. Así, Japón en 1975 contaba con un inmigración
anual de unos 10.000 extranjeros, mientras que en 1990, dicha cifra se
había incrementado hasta unos 170.000 por año, la mayoría
procedentes de Corea(6). América Latina América Latina, tierra de inmigración durante el siglo
XX, ha ido convirtiéndose en área de emigración.
Así, durante el período 1950-64, la región en su
conjunto tuvo un saldo neto de migraciones de + 1,8 millones de personas,
mientras que en 1976-85, el saldo fue negativo: - 1,6 millones. Los cambios
más significativos fueron la reducción drástica de
la inmigración en Argentina y el fuerte aumento de emigración
en México y América Central, en particular hacia Estados
Unidos. Los movimientos inmigratorios latinoamericanos en este fin de
siglo proceden generalmente de otros países latinoamericanos. Así,
en Uruguay en 1991, del total de extranjeros residentes, el 40% eran de
Argentina, el 29% de Brasil y el 11% de Chile. La mayor proporción
de población extranjera se da en Venezuela (7,2%), seguida de Argentina
(6,8%). En los países más desarrollados, en Europa Occidental y
en Estados Unidos, existe entre la población el sentimiento de
una llegada sin precedentes de inmigrantes en la última década,
de una auténtica invasión en la terminología de algunos
medios de comunicación. Sin embargo, los datos muestran una realidad
distinta, variable según países y momentos históricos(7).
Es cierto que el desarrollo desigual a escala mundial, la globalización
económica, cultural y de sistemas de transporte favorecen un intenso
trasiego de poblaciones. A ello hay que añadir los éxodos
provocados por guerras y catástrofes, así como, en Europa,
la presión de poblaciones de los países del Este que ahora
disfrutan de la libertad de viajar al tiempo que sufren el impacto de
la crisis económica. Pero los controles de inmigración,
el reforzamiento de las fronteras entre los países de la OCDE y
el resto del mundo, la reducida creación de puestos de trabajo
en Europa y la xenofobia creciente en todas las sociedades, representan
obstáculos formidables para el trasvase de población que
podría resultar de las tendencias aludidas. Veamos pues cual es
el perfil real de las migraciones recientes del Sur y el Este al Norte
y al Oeste. Estados Unidos En Estados Unidos, sociedad formada por oleadas sucesivas de inmigración,
se ha producido efectivamente un importante incremento de inmigrantes
en números absolutos desde la reforma de la ley de inmigración
en 1965, autorizando la inmigración por reunificación familiar.
Pero aun así, los actuales niveles de inmigración están
muy por detrás de la punta histórica alcanzada entre 1905
y 1914 (año en que llegaron 1,2 millones de inmigrantes a Estados
Unidos). Más aun, en términos de proporción de la
población, en 1914 esos 1,2 millones eran equivalentes al 1,5%
de la población, mientras que el total de inmigrantes de 1992 sólo
representó el 0,3% de la población. Ahora bien, lo que ha
cambiado substancialmente es la composición étnica de la
inmigración, que en lugar de provenir de Europa y Canadá,
procede ahora, en su gran mayoría, de México, el Caribe
y otros países latinoamericanos y Asia. Europa Europa Occidental presenta una panorama diversificado en lo que se refiere a movimientos migratorios. Utilizando como indicador el porcentaje de población residente extranjera sobre la población total y observando su evolución entre 1950 y 1990, podemos constatar, por ejemplo, que Francia e Inglaterra tenían una menor proporción de población extranjera en 1990 que en 1982, mientras que Bélgica y España apenas había variado (de 9,0 a 9,1%, y de 1,1 a 1,1%). Si exceptuamos el caso anómalo de Luxemburgo, el único país europeo cuya población extranjera supera el 10% es Suiza, también un caso especial por el alto grado de internacionalización de su economía. Y la media para el total de la población europea es tan sólo de un 4,5% de extranjeros. Los incrementos significativos durante la década de los ochenta se dieron fundamentalmente en Alemania, Austria, Holanda y Suecia, fundamentalmente debidos al influjo de refugiados del este de Europa. Pero también este influjo parece ser mucho más limitado
de lo que temían los países europeos occidentales. Así,
por ejemplo, un informe de la Comisión Europea en 1991 estimaba
que 25 millones de ciudadanos de Rusia y las repúblicas soviéticas
podrían emigrar a Europa occidental antes del año 2000.
Y sin embargo, a mediados de los años noventa, se estima que la
emigración rusa oscila en torno a las 200.000 personas por año,
a pesar de la espantosa crisis económica que vive Rusia. La razón,
para quienes conocen los mecanismos de la emigración, es sencilla:
los emigrantes de desplazan mediante redes de contacto previamente establecidas.
Por eso son las metrópolis coloniales las que reciben las oleadas
de inmigrantes de sus antiguas colonias (Francia y el Magreb); o los países
que reclutaron deliberadamente mano de obra barata en países seleccionados
(Alemania en Turquía y Yugoslavia) los que continuan siendo destino
de emigrantes de esos países. En cambio, los rusos y ex-soviéticos,
al haber tenido prohibido el viajar durante siete décadas carecían
y carecen de redes de apoyo en países de emigración, con
la excepción de la minoría judía que es precisamente
la que emigra. Así, dejar familia y país lanzándose
al vacío de un mundo hostil sin red de apoyo es algo que sólo
se decide masivamente cuando una catástrofe obliga a ello (la hambruna,
la guerra, el nazismo). Ahora bien, si los datos señalan que la inmigración en Europa occidental no alcanza proporciones tan masivas como las percibidas en la opinión publica, ¿por qué existe ese sentimiento? Y, ¿por qué la alarma social? Lo que realmente está ocurriendo es la transformación creciente de la composición étnica de las sociedades europeas, a partir de los inmigrantes importados durante el período de alto crecimiento económico en los años sesenta. En efecto, las tasas de fertilidad de los extranjeros son muy superiores a las de los países europeos de residencia (salvo, significativamente, en Luxemburgo y Suiza, en donde la mayoría de extranjeros son de origen europeo). Por razones demográficas el diferencial de fertilidad continuará incrementándose con el paso del tiempo. Esta es la verdadera fuente de tensión social: la creciente diversidad étnica de una Europa que no ha asumido aun dicha diversidad y que sigue hablando de inmigrantes cuando, cada vez más, se trata en realidad de nacionales de origen étnico no-europeo. El incremento de población en el Reino Unido entre 1981 y 1990 fue de tan sólo el 1% para los blancos, mientras que fue del 23% para las minorías étnicas. Aun así, los blancos son 51,847 millones, mientras que las minorías
tan sólo representan 2,614 millones. Pero existe una clara conciencia
del proceso inevitable de constitución de una sociedad con importantes
minorías étnicas, del tipo norteamericano. Algo semejante
ocurre en los otros países europeos. Dos tercios de los extranjeros
de Francia y tres cuartas partes de los de Alemania y Holanda son de origen
no europeo. A ello hay que añadir, en el caso de Francia, la proporción
creciente de población de origen no europeo nacida en Francia y
que tienen derecho a nacionalidad al alcanzar los 18 años. Puede
ocurrir también, como es el caso en Alemania, que la ley niegue
el derecho de nacionalidad a quienes nazcan en territorio nacional de
padres extranjeros, situación en las que se encuentran centenares
de miles de jóvenes turcos que nunca conocieron otra tierra que
Alemania. Pero el costo de dicha defensa a ultranza de la nacionalidad
autóctona es la creación de una casta permanente de no ciudadanos,
poniendo en marcha un mecanismo infernal de hostilidad social. Un factor adicional es importante en la percepción de una diversidad
étnica que va mucho más allá del impacto directo
de la inmigración: la concentración espacial de las minorías
étnicas en las ciudades, particularmente en las grandes ciudades
y en barrios específicos de las grandes ciudades, en los que llegan
a constituir incluso la mayoría de la población. La segregación
espacial de la ciudad a partir de características étnicas
y culturales de la población no es pues una herencia de un pasado
discriminatorio, sino un rasgo de importancia creciente, característico
de nuestras sociedades: la era de la información global es también
la de la segregación local. Diversidad étnica, discriminación social y segregación
urbana En todas las sociedades, las minorías étnicas sufren discriminación
económica, institucional y cultural, que suele tener como consecuencia
su segregación en el espacio de la ciudad. La desigualdad en el
ingreso y las prácticas discriminatorias en el mercado de vivienda
conducen a la concentración desproporcionada de minorías
étnicas en determinadas zonas urbanas al interior de las áreas
metropolitanas. Por otro lado, la reacción defensiva y la especificidad
cultural refuerzan el patrón de segregación espacial, en
la medida en que cada grupo étnico tiende a utilizar su concentración
en barrios como forma de protección, ayuda mutua y afirmación
de su especificidad. Se produce así un doble proceso de segregación
urbana: por un lado, de las minorías étnicas con respecto
al grupo étnico dominante; por otro lado, de las distintas minorías
étnicas entre ellas. Naturalmente, esta diferenciación espacial
hay que entenderla en términos estadísticos y simbólicos,
es decir, como concentración desproporcionada de ciertos grupos
étnicos en espacios determinados, más que como residencia
exclusiva de cada grupo en cada barrio. Incluso en situaciones límite
de segregación racial urbana, como fue el régimen del apartheid
en Sudáfrica, se puede observar una fuerte diferenciación
socio-espacial, en términos de clase, a partir del momento en que
se desmantela la segregación obligatoria institucionalmente impuesta. El modelo de segregación étnica urbana más conocido
y más estudiado es el de las ciudades norteamericanas, que persiste
a lo largo de la historia de los Estados Unidos y que se ha reforzado
en las dos últimas décadas, con la localización de
los nuevos inmigrantes en sus correspondientes espacios segregados de
minorías étnicas, constituyendo verdaderos enclaves étnicos
en las principales áreas metropolitanas y desmintiendo así
en la práctica histórica el famoso mito del melting pot
que sólo es aplicable (y con limitaciones) a la población
de origen europeo(8). Así por ejemplo, en el condado de Los Ángeles,
70 de los 78 municipios existentes en 1970 tenían menos del 10%
de residentes pertenecientes a minorías étnicas. En cambio,
en 1990 los 88 municipios que para entonces componían el condado
tenían más del 10% de minorías étnicas, pero
42 municipios tenían más del 50% de minorías étnicas
en su población(9). La concentración espacial El completo estudio de Massey y Denton (1993) sobre la segregación
racial urbana en las ciudades norteamericanas muestra los altos niveles
de segregación entre negros y blancos en todas las grandes ciudades.
Para un índice de segregación absoluta de 100, la media
es de 68,3, que sube hasta una media del 80,1 para las áreas metropolitanas
del norte. Las tres áreas principales se encuentran también
entre las más segregadas: Nueva York, con un índice de 82;
Los Ángeles, con 81,1; y Chicago con 87,8. También el índice
de aislamiento de los negros, que mide la interacción entre los
negros y otros grupos negros (100 siendo el nivel de aislamiento absoluto)
refleja altos valores, con una media del 63,5, que pasa al 66,1 en las
áreas del norte y que llega a registrar en Chicago un índice
del 82,8. La concentración espacial de minorías étnicas desfavorecidas conduce a crear verdaderos agujeros negros de la estructura social urbana, en los que se refuerzan mutuamente la pobreza, el deterioro de la vivienda y los servicios urbanos, los bajos niveles de ocupación, la falta de oportunidades profesionales y la criminalidad. En su estudio sobre segregación y crimen en la América urbana, Massey (1995) concluye que la coincidencia de altos niveles de pobreza de los negros y de altos índices de segregación espacial crean nichos ecológicos en los que se dan altos índices de criminalidad, de violencia y de riesgo de ser víctima de dichos crímenes... A menos que se produzca un movimiento de desegregación, el ciclo de violencia continuará; sin embargo, la perpetuación de la violencia paradójicamente hace la desegregación más difícil porque hace beneficioso para los blancos el aislamiento de los negros. A saber: aislando a los negros en barrios segregados, el resto de la sociedad se aísla con relación al crimen y a otros problemas sociales resultantes del alto índice de pobreza entre los negros. Así, en los años 90 han decaído, en términos
generales, los índices de criminalidad en las principales ciudades
norteamericanas. Entre 1980 y 1992, la proporción del número
de hogares americanos que ha sufrido alguna forma de criminalidad se ha
reducido en más de un tercio, pero al mismo tiempo, la probabilidad
para los negros de ser víctimas de un crimen se ha incrementado
extraordinariamente. Los adolescentes negros tienen una probabilidad nueve
veces más alta que los blancos de ser asesinados: en 1960 morían
violentamente 45/100.000, mientras que en 1990 la tasa había pasado
a 140/100.000. En su estudio sobre la relación entre segregación
de los negros y homicidio de los negros en 125 ciudades, Peterson y Krivo
encontraron que la segregación espacial entre blancos y negros
era el factor estadísticamente más explicativo de la tasa
de homicidios de todas las variables analizadas, mucho más importante
que la pobreza, la educación o la edad(10). Se mata a quien se
tiene cerca. Y cuando una sociedad, rompiendo con sus tradiciones liberales
y con sus leyes de integración racial, adopta la actitud cínica
de encerrar a sus minorías raciales empobrecidas en ghettos cada
vez más deteriorados, provoca la exasperación de la violencia
en dichas zonas. Pero, a partir de ese momento la mayoría étnica
está condenada a vivir atrincherada tras la protección de
la policía y a destinar a policía y a cárceles un
presupuesto tan cuantioso como el de educación, como ya es el caso
en el estado de California. Racismo y segregación Si bien el racismo y la segregación urbana existen en todas las
sociedades, no siempre sus perfiles son tan marcados ni sus consecuencias
tan violentas como las que se dan en las ciudades norteamericanas. Así,
Brasil es una sociedad multirracial, en la que los negros y mulatos ocupan
los niveles más bajos de la escala social(11). Pero, aunque las
minorías étnicas también están espacialmente
segregadas, tanto entre las regiones del país como al interior
de las áreas metropolitanas, el índice de disimilaridad,
el cual mide la segregación urbana, es muy inferior al de las áreas
metropolitanas norteamericanas. Asimismo, aunque la desigualdad económica
está influenciada por el origen étnico, las barreras institucionales
y los prejuicios sociales están mucho menos arraigados que en Estados
Unidos. Así, dos sociedades con un pasado igualmente esclavista
evolucionaron hacia patrones distintos de segregación espacial
y discriminación racial, en función de factores culturales,
institucionales y económicos que favorecieron la mezcla de razas
y la integración social en Brasil y la dificultaron en Estados
Unidos: una comparación que invita a analizar la variación
histórica de una naturaleza humana que no es inmutable. Ahora bien, lo que sí parece establecido es la tendencia a la segregación de las minorías étnicas en todas las ciudades y en particular en las ciudades del mundo más desarrollado. Así, conforme las sociedades europeas reciben nuevos grupos de inmigrantes y ven crecer sus minorías étnicas a partir de los grupos establecidos en las tres últimas décadas, se acentúa el patrón de segregación étnica urbana. En el Reino Unido, aunque Londres sólo representa el 4,7% de la población, concentra el 42% de la población de las minorías étnicas. Dichas minorías, concentradas particularmente en algunos distritos, se caracterizan por un menor nivel de educación, mayor tasa de paro y una tasa de actividad económica de tan sólo el 58% comparada con el 80% de los blancos(12). En el distrito londinense de Wandsworth, con unos 260.000 habitantes, se hablan unas 150 lenguas diferentes. A esa diversidad étnico-cultural se une el dudoso privilegio de ser uno de los distritos ingleses con más alto índice de carencias sociales. En Göteborg (Suecia), el 16% de la población es de origen extranjero y tiene concentrada su residencia en el nordeste de la ciudad y en las isla de Hisingen. Zurich, que ha visto aumentar su población de extranjeros (sobre todo turcos y yugoslavos) del 18% en 1980 al 25% en 1990, concentra el 44% de esta población en las zonas industriales de la periferia urbana. En Holanda, los extranjeros son tan sólo un 5% de la población total, pero en Amsterdam, Rotterdam, La Haya y Utrecht dicha proporción oscila entre el 15% y el 20%, mientras que en los barrios antiguos de dichas ciudades sube hasta el 50%. En Bélgica la proporción de extranjeros es del 9%, pero en la ciudad de Anderlecht alcanza el 26% y en el barrio de La Rosee, el más deteriorado, los extranjeros representan el 76% de sus 2.300 habitantes(13). En suma, las ciudades europeas están siguiendo, en buena medida,
el camino de segregación urbana de las minorías étnicas
característico de las metrópolis norteamericanas, aunque
la forma espacial de la segregación urbana es diversa en Europa.
Mientras que las banliues francesas configuran ghettos metropolitanos
periféricos, las ciudades centro-europeas y británicas tienden
a concentrar las minorías en la ciudad central, en un modelo espacial
semejante al norteamericano, lo que puede contribuir a la decadencia de
los centros urbanos si no se mejoran las condiciones de vida de las minorías
étnicas en Europa. Por otra parte, la importancia de las pandillas
y el florecimiento de actividades criminales es menos acentuado en Europa
que en Norteamérica. Pero si las tendencias a la exclusión
social continúan agravándose, parece razonable suponer que
situaciones similares conducirán a consecuencias semejantes, salvedad
hecha de las diferencias culturales e institucionales. La ciudad multicultural
es una ciudad enriquecida por su diversidad, tal y como señaló
Daniel Cohn Bendit en su intervención introductoria al Coloquio
de Francfort patrocinado por el Consejo de Europa sobre el multiculturalismo
en la ciudad(14). Pero, como también quedó de manifiesto
en dicho coloquio, la ciudad segregada es la ciudad de la ruptura de la
solidaridad social y, eventualmente, del imperio de la violencia urbana. Las poblaciones flotantes en las ciudades La geometría variable de la nueva economía mundial y la
intensificación del fenómeno migratorio, tanto rural-urbano
como internacional, han generado una nueva categoría de población,
entre rural, urbana y metropolitana: población flotante que se
desplaza con los flujos económicos y según la permisividad
de las instituciones, en busca de su supervivencia, con temporalidades
y espacialidades variables, según los países y las circunstancias. Tal vez la sociedad en la que la población flotante alcanza mayores dimensiones es China durante la última década. Durante mucho tiempo imperó en China el control de movimientos de población regulado en 1958 en el que cada ciudadano chino estaba registrado como miembro de un hukou (hogar) y clasificado sobre la base de dicha residencia. Bajo dicha regulación un cambio de residencia rural a urbana era extremadamente difícil. Los viajes requerían permiso previo y el sistema de racionamiento obligaba a presentar en las tiendas o restaurantes los cupones asignados al lugar de residencia y trabajo. Así, el sistema hukou fue un método efectivo de controlar la movilidad espacial y reducir la migración rural-urbana(16). Sin embargo, con la liberalización económica de China durante los años ochenta la inmovilidad se hizo disfuncional para la asignación de recursos humanos según una dinámica parcialmente regida por leyes de mercado. Además la privatización y modernización de la agricultura aumentó la productividad y expulsó de la tierra a decenas de millones de campesinos que resultaron ser mano de obra excedente(17). Imposibilitado de atender las necesidades de esta población rural económicamente desplazada, el gobierno chino optó por levantar las restricciones a los movimientos de población y/o aplicarlas menos estrictamente, según las regiones y los momentos de la coyuntura política. El resultado fue la generación de masivas migraciones rural-urbanas en la ultima década, sobre todo hacia las grandes ciudades y hacia los centros industriales exportadores del sur de China. Pero dichas ciudades y regiones, pese a su extraordinario dinamismo económico (de hecho, los centros de más alta tasa de crecimiento económico del mundo en la última década) no pudieron absorber como trabajadores estables a los millones de recién llegados, ni proveerlos con viviendas y servicios urbanos, por lo que muchos de los inmigrantes urbanos viven sin residencia fija o en la periferia rural de las metrópolis, y otros muchos adaptan un patrón de migraciones pendulares estacionales yendo y viniendo entre sus aldeas de origen y los centros metropolitanos(18). Así Guangzhou (Cantón), una ciudad de unos seis millones de habitantes, contabilizaba en 1992, un total de 1,34 millones de residentes temporales a los que se añadían 260.000 turistas diarios. En el conjunto de la provincia de Guandong se estimaban en al menos 6 millones el número de migrantes temporales. En Shanghai, a fines de los 80 había 1,83 millones de flotantes, mientras que en 1993, tras el desarrollo del distrito de industrial de Pudong, se estimaba que un millón más de flotantes habían llegado a Shanghai en ese año. La única encuesta migratoria fiable de la última década, realizada en 1986, estimó que en esa fecha el 3,6% de la población de las 74 ciudades encuestadas eran residentes temporales. Otra estimación a nivel nacional, evalúa el número de flotantes en 1988, entre 50 y 70 millones de personas. Lo que parece indudable es que el fenómeno se ha incrementado. La estación central de ferrocarril de Pekín, construida para 50.000 pasajeros diarios, ve transitar por ella actualmente entre 170.000 y 250.000, según los períodos. El gobierno municipal de Pekín estima que cada incremento de 100.000 visitantes diarios a la ciudad consume 50.000 kilos de grano, 50.000 kilos de verduras, 100.000 kilovatios de electricidad, 24.000 litros de agua y utiliza 730 autobuses públicos. Dicho número de visitantes ocasiona 100.000 kilos de basura y genera 2.300 kilos de desechos de alcantarillado. Las condiciones de vida de esta población flotante son muy inferiores a las de la población permanente(19) y son, a la vez, presa fácil del crimen y refugio de criminales, lo que aumenta los prejuicios contra ellos entre la población residente. Aunque de menor dimensión que en China, el fenómeno de
la población flotante es característico de la mayor parte
del mundo en desarrollo y en particular de Asia(20). Así en Bangkok,
de los emigrantes llegados la ciudad entre 1975 y 1985, el 25% habían
vivido ya en tres ciudades diferentes y el 77% de los encuestados no pensaban
quedarse en Bangkok más de un año, mientras que sólo
el 12% de los migrantes se habían censado regularmente en su residencia
de Bangkok, indicando una existencia a caballo entre sus zonas de origen
y los distintos mercados de trabajo urbanos. En Java, el Banco Mundial
estimó que en 1984 el 25% de los hogares rurales tenían
al menos un miembro de la familia trabajando en un centro urbano durante
una parte del año, lo que equivalía al 50% de la población
activa urbana. Tendencias similares han sido observadas en Filipinas y
Malasia(21). La amplitud del fenómeno, y su difusión en
otras áreas del mundo, hace cada vez más inoperante la distinción
entre rural y urbano, en la medida en que lo verdaderamente significativo
es la trama de relaciones que se establecen entre el dinamismo de las
grandes ciudades y los flujos de población que se localizan en
distintos momentos en distintos tiempos y con distintas intensidades,
según los ritmos de articulación entre economía global
y economía local. En las ciudades de los países desarrollados también se
asiste a un incremento de población flotante de un tipo distinto.
Así, Guido Martinotti, en un interesante estudio(22) ha insistido
en la importancia de poblaciones de visitantes que utilizan la ciudad
y sus servicios sin residir en ella. No sólo proviniendo de otras
localidades del área metropolitana, sino de otras regiones y otros
países. Turistas, viajeros de negocios y consumidores urbanos forman
en un día determinado en las principales ciudades europeas, (pero
también norteamericanas y sudamericanas) una proporción
considerable de los usuarios urbanos que, sin embargo, no aparecen en
las estadísticas ni son contabilizados en la base fiscal e institucional
de los servicios urbanos que, sin embargo, utilizan intensamente. Multiculturalismo y crisis social urbana En mayo de 1991 se reunieron en Francfort, bajo los auspicios del Consejo de Europa, representantes de distintos gobiernos municipales europeos para tratar las políticas municipales para la integración multicultural de Europa. En la declaración publicada al final de dicha reunión(23) se constataba que los países europeos, como consecuencia de décadas de inmigración y emigración, se habían tornado sociedades multiculturales. Asimismo, en la medida en que los inmigrantes y las minorías étnicas resultantes se concentraban en las grandes ciudades, las políticas de tratamiento de la inmigración y de respeto del multiculturalismo constituían un componente esencial de las nuevas políticas municipales. Concluían afirmando que sólo una Europa genuinamente democrática capaz de llevar adelante una política de multiculturalismo puede ser un factor de estabilidad en el mundo y puede combatir efectivamente los desequilibrios económicos entre el norte y el sur, el este y el oeste, que conducen a la emigración desordenada (p.167). Una constatación similar puede hacerse en la sociedad norteamericana y con relación al mundo en general. Y sin embargo, las reacciones xenófobas en todos los países y el incremento del racismo y el fanatismo religioso en todo el mundo no parecen augurar un fácil tratamiento de la nueva realidad urbana. Los inmigrantes, y las minorías étnicas, aparecen como chivos expiatorios de las crisis económicas y las incertidumbres sociales, según un viejo reflejo históricamente establecido, explotado regularmente por demagogos políticos irresponsables. Aun así, la terca nueva realidad de una economía global
interdependiente, de desequilibrios socioeconómicos y de la reproducción
de minorías étnicas ya residentes en los países más
desarrollados hacen inevitable el multiculturalismo y la plurietnicidad
en casi todo el mundo. Incluso Japón, una de las sociedades culturalmente
más homogéneas en el mundo, está experimentando un
rápido aumento de su población extranjera, mientras que
se asiste al crecimiento de los yoseba (trabajadores ocasionales sin empleo
ni residencia fija) y a su localización espacial temporal en ghettos
urbanos, como el de Kamagasaki en Osaka. Hay quienes piensan, incluidos
los autores de este libro, que la plurietnicidad y la multiculturalidad
son fuentes de riqueza económica y cultural para las sociedades
urbanas(24). Pero incluso quienes estén alarmados por la desaparición
de la homogeneidad social y las tensiones sociales que ello suscita deben
aceptar la nueva realidad: nuestras sociedades, en todas las latitudes,
son y serán multiculturales, y las ciudades (y sobre todo las grandes
ciudades) concentran el mayor nivel de diversidad. Aprender a convivir
en esa situación, saber gestionar el intercambio cultural a partir
de la diferencia étnica y remediar las desigualdades surgidas de
la discriminación son dimensiones esenciales de la nueva política
local en las condiciones surgidas de la nueva interdependencia global. Jordi Borja Profesor de investigación en el Instituto de Estudios Sociales
Avanzados (CSIC) de Barcelona (1). Carlos Alonso Zaldívar y Manuel Castells (1992) "España,
fin de siglo", Madrid: Alianza Editorial 1992. |